El pan de papá

Hoy me he puesto a hornear pan como una loca. Barras y barras de pan.

Siempre que hago pan, pienso en mi padre.

Si existieran unas olimpiadas para devoradores de pan, mi padre saldría de allí con una medalla de oro.

Mi padre es de los que valora un restaurante o una comida en casa por la calidad del pan.

Da igual dónde le lleves, si el pan no es bueno o no le ponen cantidades ingentes de pan, no estará satisfecho.

-Vosotros diréis lo que queráis.- baja el tono mirando un trozo de pan con desprecio-pero este pan no es de casa.- y con eso ya sentencia con lo que para él es un criterio irrefutable para definir un buen restaurante.

-Sí, sí, mucho pijerío, qué platos más finos, pero ¿y esa racanería de bollo de pan? ¿Eso qué era?

Algo que le ofende mucho también, es que el pan cueste caro. Mi padre mirará la cuenta en un restaurante y añadirá siempre:

-Y cobraron 6 euros por aquel pan, pssh !

Lo peor es si ya no tiene pan. Intolerable.

Le he visto salir en domingo y fiestas de guardar y hacerse 100 kilómetros de rodillas si hace falta hasta encontrar quien le vendiese una barra de pan.

Entonces vuelve a casa enarbolando la barra de pan como el Cid Campeador su espada, gritando desde la puerta: “¡ENCONTRE PAN!”

Casi en la misma gravedad de no tener pan es cuando le ponen un pan que no es lo que él se espera.

Cada vez que vienen a visitarme les llevo a comer a sitios distintos de lo que ellos están acostumbrados, por aquello de probar algo nuevo. Si mis padres me visitan o me voy con ellos de viaje, es lo primero en lo que invierto el tiempo: buscar restaurantes. Pueden perdonar de todo en una ciudad, menos comer mal.

Tengo que decir que aunque son muy tradicionales con la comida, se atreven con todo: Japonés, tailandés… !lo que les eche!

Esto sí, mi padre no se corta un duro en pedir pan con sushi, pan con Pai Thai y pan con carbonara.

La cara de los camareros suele ser un poema.

Entre todos los viajes que han hecho para visitarme, desde luego las visitas a Cataluña son las que han puesto a mi padre en pie de guerra como nunca con su obsesión panera.

Camarero:

-Señores y ¿querrían un poquito de pan con la comida?

Mi padre:

-Por supuesto.

Camarero:

-Pues aquí tienen el pan que habían pedido.

Mi padre mirando el pan y susurrando:

-Pero… dónde se vio… qué ideas… como se les ocurre… y digo yo que pa qué… ay que ver…

Nosotros:

-Papá, ¿qué te pasa?

Mi padre:

-Pero ¿no lo veis?

Nosotros:

-No.

Mi padre al camarero:

-Joven cuando tenga un momentín…

Camarero:

-Diga señor.

Mi padre:

-Mira, es que te habíamos pedido pan.

Camarero:

-Sí, ahí lo tiene.

Mi padre vuelve a mirar el pan y luego al camarero:

-Ya… Y no tienen ustedes pan… ¿normal?

Camarero flipando:

-Como pan normal, ¿a qué se refiere?

Mi padre:

-Pan, pan normal, pan de toda la vida de Dios, ¡PAN SECO, rapaz!

Digamos que el concepto Pa amb tomaquet no va mucho con la idea de lo que tiene que ser el pan para mi padre.

De las muchas cosas que he heredado de mi padre es la pasión por el pan. A mí el pan me gusta hasta solo, pero cuando ya lo hago yo me sabe a gloria.

Hacer pan es pensar siempre en mi padre y en un día como hoy que no puedo estar con él, más aún.

Hacer pan es sonreír siempre porque es lo que me pasa cuando pienso en mi padre. Casi a la par con su pasión por el pan está su pasión por el absurdo: no hay situación en la que mi padre este envuelto en que no suelte una ocurrencia que nadie más tendría y no hay nada que mi padre impertérrito como una esfinge egipcia te cuente que no te mueras de risa mientras lo escuchas.

!Feliz día del padre, papá! Gracias por tantas herencias…

 

 

 

 

Rómulo el rinoceronte y la zona de confort

Era un domingo de Agosto, justo antes de la fiesta de la Asunción.

Acababa de comer y hablaba por teléfono, un viejo Nokia, con mi +1 mientras fregaba los platos con mi característico multitasking.

Aquel fin de semana, cosa extraña, no había ido a Barcelona. Faltaba solo una semana para que nos fuéramos de vacaciones y tenía muchas cosas que terminar. Había tenido una semana para olvidar y el cansancio y el mal humor habían hecho mella en mí.

Tenía las ventanas abiertas de mi casa, intentando huir del calor que aquella semana ahogaba Paris.

Escuchaba fuera en la escalera una ventana golpeando que me impedía concentrarme en mi conversación.

Sin dejar el teléfono, cogí las llaves y abrí la puerta dispuesta a cerrar la ventana.

Un estruendo llegó desde la cocina.

Volví sobre mis pasos para encontrarme un vaso hecho añicos en el suelo.

-¡Qué fastidio! ¡Se me ha roto un vaso!.- dije al teléfono mientras con la mano que tenía libre recogí como pude los pedazos más grandes, los introduje con cuidado en la bolsa de la basura y barrí rápidamente el polvo de cristal que deposité también en el cubo.

Cogí la bolsa para bajarla al contenedor y salí a la escalera.

Cuando llegué a la altura de la ventana dejé la bolsa en el suelo – un segundo.- le dije a mi finlandés apoyando el teléfono en el alfeizar para liberar mis manos y cerrar la ventana, pero antes de que ocurriera, una corriente de aire cerró la puerta de mi casa de un portazo.

Para darme cuenta en ese momento de que me había dejado las llaves posadas sobre la encimera de la cocina.

-Te llamo ahora.- dije colgando el teléfono.

Fui hacia la puerta de casa y la miré concentrada como si pudiera atravesarla.

No había duda, la puerta estaba cerrada, mis llaves dentro y yo, fuera de mi casa en chándal y en calcetines, un domingo de Agosto a las 3 de las tarde.

Me senté en las escaleras y me puse a pensar.

El concierge que tenía una copia de mis llaves, de vacaciones en Portugal.

Mat que tenía otra copia, en Ibiza. Como casi todos los amigos, estaba de vacaciones.

¿Qué iba a hacer? No tenía obviamente el número de ningún cerrajero en Paris ni sabía el número de información, apenas llevaba unos meses en la ciudad ¡no me sabía ni el número de los bomberos!

Me puse a llorar.

Como una boba me caían las lágrimas rodando desde mejillas hasta el suelo de madera.

Todo el cansancio de la semana me golpeó de repente. La tristeza de la soledad, porque así me sentía más que nunca, pudo conmigo.

Sola. Estaba sola pero lo peor es que me sentía sola.

No podía parar de llorar y precisamente eso me impedía poder pensar en una solución.

Entonces, la puerta de enfrente se abrió y ante mí aparecieron mis vecinos.

Apenas nos conocíamos.

Yo había llegado al piso en febrero y ellos 3 o 4 meses después. Un tímido “hola” entre miradas furtivas en la escalera cuando nos cruzábamos y alguna nota por debajo de la puerta anunciándome alguna fiesta, era la única comunicación que habíamos tenido hasta entonces.

Y allí estaba yo, en chándal, descalza, despeinada y hecha un mar de lágrimas, sentada en la escalera con una bolsa de basura que no sé por qué,  aún seguía aferrada a mi mano.

Habría estado muy bien que en ese preciso momento se hubiera abierto la tierra y yo, me hubiese caído dentro, pero la vida no quiso ahorrarme esa vergüenza.

Como pude, traté de serenarme y dejar de llorar.

-¿Estás bien?.- me preguntaron.

-Noooo.-dije y volví a llorar con más fuerza si cabe todavía.

Loïc y Gwen que así se llamaban mis vecinos se sentaron junto a mí, uno a cada lado, en la escalera.

-¿Te han dado una mala noticia?.- me preguntaron.

-No.-intenté tranquilizarme.- es que… es que…-sollocé.- se me han…quedado… quedado… las llaves dentro.- dije secándome las lágrimas con el reverso de la camiseta.- he tenido una semana muy difícil.

-Ahhh, bueno, que sólo es eso.- me dijeron los dos con una sonrisa.- ven a casa, anda.

Ya en su casa, mientras Loïc buscaba un cerrajero de guardia por internet, Gwen me contó su historia: que habían llegado a Paris buscando mejores oportunidades profesionales desde Bretaña de donde eran los dos, que llevaban juntos desde hacía 3 años y que tenían 25, que eran diseñadores gráficos.

En fin, que a partir de aquel día y con 200 euros menos en el bolsillo que me cobró el cerrajero, tuve 2 nuevos amigos en la puerta de al lado.

Esta historia volvió desde mis recuerdos este fin de semana por distintos motivos. Y también Rómulo.

¿Conocéis la historia de Rómulo?

Rómulo es un rinoceronte. Nació en un safari park en Inglaterra. Desgraciadamente, Rómulo cayó muy joven en manos de unos desalmados que lo explotaron hasta la extenuación en un circo ambulante, sometido a vivir atado con una correa alrededor de una viga, dando vueltas eternas a un círculo de 2 metros de diámetro.

Después de esta horrible experiencia, el pobre animal cambió las vueltas alrededor de un poste por una jaula de 18 metros en un antiguo zoo.

La vida de Rómulo no ha sido fácil.

Finalmente, Rómulo vive en un recinto abierto y amplio en el Bioparc de Valencia.

A pesar de poder moverse con libertad por una extensión de terreno enorme, el pobre rinoceronte continúa dando vueltas en círculos de 18 metros de diámetro.

Una cuerda inexistente ata su cuello a un poste invisible. Rómulo tiene “estereotipado” este movimiento inconsciente y durante los 40 años que aproximadamente le quedan de vida, sus cuidadores saben que continuará dando vueltas en círculos de 18 metros de diámetro.

¿Sabéis lo que son los 18 metros para Rómulo?

Son su zona de confort, le da miedo salirse del círculo. ¿Qué habrá ahí fuera? ¿Alguien le golpeará si se sale del círculo? ¿Le dejarán sin comer si explora lo que le rodea?

Pero también no quiere romper su rutina. Estas vueltas las ha dado en los últimos 4 años ¿Por qué dejar de hacerlo?

Creo que la expresión “zona de confort” se usa en demasía.

Zona de confort viene a ser en ámbito de la psicología lo que estratégico viene a ser en el mundo empresarial.

Un comodín que casa bien en cualquier conversación.

Estos días aconsejaba a alguien salir de su zona de confort. Simple cuando hablamos de otro, difícil cuando nos lo tenemos que aplicar a nosotros mismos.

Os aseguro que sentada en las escaleras en Paris, me hubiera encantado estar en mi zona de confort y no llorando y sintiéndome triste y sola ante dos desconocidos.

No, la zona de confort mola muchísimo. Es una manta calentita que te abriga en el sofá de la vida. Y ahí fuera a veces, hace mucho frio.

No, debe ser decisión de cada uno cortar el cordón invisible con nuestra comodidad emocional, romper con nuestros comportamientos estereotipados, arriesgarnos a sufrir, destruir para reconstruir.

Siempre que decidimos salir de la zona de confort ya sabemos lo que lleva implícito. En ese paquete vendrán muchas situaciones incomodas, muchas llaves olvidadas y muchos lloros, pero también la seguridad reforzada que encuentras tras exponerte a tus miedos y comprobar que no sólo no pasa nada en el peor de los casos, en el mejor, descubres una parte de ti que no conocías. Reconoces fortalezas y poderes en ti mismo que si no te hubieras expuesto al riesgo pensarías no tener. Y toda esa confianza y seguridad se convierten en armas irreversibles para enfrentar nuevos retos, terminan de un soplo con los fantasmas de miedos absurdos  y también son fuente de satisfacción y felicidad por haber asumido el reto y superado el objetivo. Por creer en nosotros mismos.

Muchas veces evaluamos nuestras opciones en función de lo que vamos a ganar si damos el paso, en lugar de contemplar todo lo que perdemos si no lo hacemos.

En el caso de mantenernos en nuestra zona de confort emocional, supone seguir dando vueltas en círculos de 18 metros, significa no ser libres y muchas veces, cómodamente infelices.

Yo no quiero ser Rómulo ¿y vosotros?

 

Día Internacional de la Mujer: vidas visibles

Siempre he pensado que si un día escribiera un libro, sería una historia de abuelas, de las mías en particular y de las de todos en general.

No sólo porque de mis abuelos aprendí a contar historias, también porque me intriga el mundo en el que vivieron. Una sociedad y una forma de vivir tan alejada de la nuestra que sabe a una mezcla de libros de historia y de ficción.

De libros va hoy el post.

Creo que todo eso tenía en la cabeza Martha Batalha cuando escribió su libro “La historia invisible de Eurídice Gusmão”, una historia fascinante de dos hermanas brasileñas que bien podrían ser nuestras abuelas.

Eurídice y su hermana Guida toman decisiones distintas sobre cómo conducir sus vidas pero que les abocan en ambos casos a la infelicidad.

Siempre que llega el Día Internacional de la Mujer enumeramos todas la lista infinita de derechos teóricos que no se consuman en la práctica, del salto que nos separa de los hombres en distintos ámbitos, el laboral, el familiar, el social…

Los datos son efectivamente desalentadores.

Pero después de leer el libro que encarecidamente os recomiendo de esta escritora maravillosa, quiero positivar mi y vuestra situación.

Nosotras no somos mujeres de vidas invisibles. No tenemos por qué.

Podemos estudiar.

Podemos rebelarnos.

Podemos estar solteras.

Podemos trabajar.

Podemos compartir nuestra vida con hombres en igualdad.

Podemos protestar.

Podemos ser madres solas.

Podemos disfrutar.

Podemos casarnos con otra mujer.

Podemos no ser madres.

Podemos soñar.

Podemos defendernos.

Podemos cuestionar nuestras propias vidas.

Podemos hablar.

Podemos luchar por nuestros sueños.

Podemos viajar.

Podemos emprender.

Podemos decidir.

Podemos.

Nosotras podemos y de empoderarnos surgirán nuevos retos que consigamos llevar a cabo.

Pero sobre todo podemos ser nosotras.

Las mujeres del libro no pueden. Ni  decir lo que piensan ni tampoco hacer lo que quieren. La sociedad en la que viven no se lo permite. Ellas mismas no se lo permiten.

En cambio nosotras podemos y debemos perseguir nuestra felicidad, siendo consecuentes con nosotras mismas y hacerlo de forma visible.

No se me ocurre hoy, 8 de marzo del 2017, mayor acto de rebeldía.

Pablo Ráez, siempre fuerte…

Volvía a casa el sábado, feliz de haber pasado la noche con mis amigas, olvidándome por un momento de las preocupaciones que me rondan la cabeza estos días.

Me desmaquillé mientras miraba de reojo el Facebook y encontré una noticia tristísima: había muerto Pablo Ráez.

Seguí la historia de Pablo con mucho interés desde el principio. Su lucha por hacer  visible la necesidad de  donar médula para encontrar donantes disponibles para los enfermos de leucemia y el resultado obtenido con su llamamiento, le había hecho conocido. Pero sobre todo, su espíritu positivo, su forma de entender la vida y de asumir la enfermedad, su sonrisa inacabable.

Me cautivó, a mí como a tantos, su mirada limpia, de buen tío, transparente y honesto. Esa gente de la que te apetece ser su amigo al primer vistazo. Y de conquistador guapo, capaz de  mover masas a golpe de palabra con su encanto y su carisma.

Sus fotos con su novia en las redes sociales, dos jóvenes deportistas compartiendo amor y sobre todo vida, mucha vida juntos.

Me llenaron de ternura cada uno de sus gestos, imágenes mientras dormía cansado por el duro tratamiento o de lucha, con sus bíceps siempre en alto. Ternura porque a pesar de convertirlo en héroe, cada uno de estos gestos delataban que Pablo no era más que un niño hombre, un chaval de 20 años y que aunque lo de morir no va de méritos, Pablo merecía seguir viviendo como nadie.

Sí, lo convertimos en héroe, en abanderado de una lucha y en guerrero en contra de una enfermedad.

Desgraciadamente en el caso de la leucemia, el cáncer o cualquier enfermedad similar, el resultado final no depende de lo mucho que luches o te enfrentes con una sonrisa a los malos momentos. Las variables son tantas y tan distintas que ni siquiera en muchos casos los médicos son capaces de entender por qué un tratamiento funciona para un enfermo y para otro no.

Ellos tampoco son Dioses ni hacen milagros aunque estoy segura les gustaría tener el poder de curar siempre.

No. Ellos como Pablo, son sólo seres humanos, enfrentándose a algo que forma parte de la vida: la enfermedad y la muerte. En palabras de Pablo: “La muerte forma parte de la vida por lo que no hay que temerla si no amarla”.

A pesar de lo admirable de su actitud, no es menos héroe el que se enfrenta a la enfermedad desde la rabia o desde el miedo o desde el dolor o el que tiene malos días y los comparte con sus seres queridos. Me parece que es de valientes mostrar emociones ante los demás, aunque estas no sean siempre positivas.

En cambio socialmente parece no ser aceptable sentir miedo o dolor o frustración y exteriorizar todos estos sentimientos.

Me sorprendo a veces de la poca educación emocional que tenemos y de lo mal que gestionamos sobre todo las emociones de los otros. Recuerdo estar en el funeral de un ser querido llorando, mientras alguien me decía “venga, venga, ya no llores más”…

Es justo sentir miedo ante la enfermedad. Es razonable y humano tener malos días, dejarse llevar por el desaliento o por la frustración o por la tristeza o por la incomprensión ante la incertidumbre.

Es humano llorar una muerte y elaborar un luto. Despedirse con las herramientas emocionales disponibles de alguien a quien quieres aunque una parte importante se quede para siempre contigo.

¡Cómo dudar que la energía y el amor de Pablo formarán parte para siempre de su familia, sus amigos y todos los que le seguimos y nos hicimos fans de su contagiosa sonrisa a través de las tan denostadas redes sociales! Pablo seguirá entre nosotros.

Pero no es una noticia feliz que aunque sigas siendo, ya no estés y a mí, me ha dejado enormemente triste saberlo.

Y lloro, ea, porque me da la gana y porque no es justo, sin más…

Descansa en paz, Pablo.

 

 

 

 

San Valentín, el Quirkyalone Day, Yankeelandia o el 14 de Febrero

Estados Unidos es un país de contrastes.

Hoy se escribirán, enviarán y recibirán más de un millón de postales y cartas de San Valentín en Yankeelandia.

Carteros yankees repartiendo un millón de cartas por San Valentín

Carteros yankees repartiendo un millón de cartas por San Valentín…

Al mismo tiempo, los estadounidenses han creado el Quirkyalone Day, para recordar justo en cada 14 de febrero que es mejor estar soltero que en pareja si la única razón es sentirse socialmente obligado a ello.

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Reconozcámoslo, para los solteros este día es un auténtico coñazo y un continuo reforzar lo solo que estás en el mundo si no tienes a alguien que te mande una rosa, te escriba una carta, te obsequie con unos bombones con forma de perfecto corazón o con cualquier otro regalo empalagoso.

¿Buscando ideas para un regalo de San Valentín?

¿Buscando ideas para un regalo de San Valentín? No uses esta…

El consumo. Sí. Aunque San Valentín es un santo católico cuya onomástica se celebra hoy, los anglosajones (una vez más) supieron sacarle comercialmente partido a la noble historia del santo, un sacerdote que ayudaba a los jóvenes militares a casarse a pesar de la prohibición del emperador Claudio II que pensaba que solteros, sus militares se concentrarían más en sus funciones militares.

El bueno de San Valentín, un alma romántica y bondadosa, terminó con sus huesos en la cárcel por casamentero, pero eso sí, siendo santo, patrón de los enamorados y con un pasteloso día en el calendario a su nombre lleno de azucarados mensajes por el que estoy segura se sentiría más que pagado por sus acciones (aunque a veces sus acciones se las atribuyan otros…) San Valentín versus Cupido

Sí amigos, hoy más que nunca se comprarán regalos en nombre del amor y se lanzarán mensajes al universo sobre lo maravilloso de las almas gemelas, los príncipes azules en blanco doncel, las medias naranjas y los zapatitos de cristal.

Yo, que creo que lo verdaderamente especial de los humanos es que somos únicos y no gemelos, que soy una convencida republicana y que me siento más limón que naranja pero en cualquier caso muy completita (!hombre-por-Dios!), no he sabido nunca como tomarme este día, la verdad.

San Valen… ¿qué?

Independientemente de tener una pareja o no, yo he llegado a la conclusión de que cualquier excusa (y hoy es un día como cualquier otro para ello) es buena para celebrar el amor.

El amor de forma genérica, a nuestras familias, a nuestros amigos y a nosotros mismos, porque como diría Carrie:

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Por supuesto y no podría excluirlo hoy, también el amor a una pareja. El amor, el enamoramiento, el arrebato, el deseo, la pasión, eso que nos hace sentir a la orilla de un abismo y nos roba las noches.

Celebremos siempre y cada uno de nuestros días el amor y la vida. Como cada uno tenga a bien hacer.

Yo, como no soy yankee, no planeo ni escribir cartas ni comprar rosas de azúcar. Me conformo nada más y nada menos que con poesía…

  LA NOCHE

No consigo dormir.
Tengo una mujer atravesada entre los párpados.
Si pudiera, le diría que se vaya;
pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas.
Desnúdeme, señora, desnúdeme.

Yo me duermo a la orilla de una mujer:
yo me duermo a la orilla de un abismo.

  (…)

EDUARDO GALEANO